—No.
—¿Tu familia viene por ti?
Aquella pregunta dolió más de lo que esperaba.
—No tengo familia aquí.
La cara de Sofía cambió por completo.
—¿Ni hoy?
Mariana negó con la cabeza.
Ricardo llegó detrás de su hija, preparado para llevársela.
Entonces Sofía hizo algo que lo dejó inmóvil.
Observó a Mariana durante unos segundos y dijo:
—Creo que necesitas un abrazo.
Mariana intentó sonreír.
—No pasa nada, pequeña.
Pero Sofía ya había subido un escalón.
Rodeó el cuello de Mariana con sus brazos y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Fue un abrazo sencillo.
Torpe.
Fuerte.
Completamente sincero.
Mariana había aprendido durante aquellos meses que mostrar demasiado miedo o demasiada tristeza no siempre era buena idea. Había desarrollado una especie de coraza.
No llorar.
No explicar.
No esperar demasiado de nadie.
Pero aquel abrazo la sorprendió sin defensas.