—Tenemos que ir a casa de tu abuela —dijo Ricardo—. Nos están esperando para cenar.
—Pero ella está sola.
—Lo sé.
—¿Y no tiene familia?
Ricardo suspiró.
—No sabemos eso, Sofi.
La niña soltó de repente su mano.
—¡Sofía!
Antes de que Ricardo pudiera detenerla, la pequeña corrió hacia los escalones.
Mariana levantó la cabeza.
Vio acercarse a una niña con abrigo rojo, dos coletas mal hechas y una expresión tan seria que parecía estar a punto de resolver un problema muy importante.
—Hola —dijo Sofía.
Mariana tardó unos segundos en responder.
—Hola.
—Yo soy Sofía. ¿Cómo te llamas?
A Mariana se le cerró la garganta.
Llevaba días escuchando órdenes.
“Muévete.”
“No puedes quedarte aquí.”
“Ya cerramos.”
“Intenta mañana.”
Pero casi nadie le preguntaba su nombre.
—Mariana.
—¿Estás esperando a alguien?
Mariana miró hacia la calle.