Mariana se separó rápidamente de la niña.
—Perdón —dijo mientras se limpiaba la cara—. Lo siento. No quería ponerla triste.
—No te disculpes.
Mariana miró a Ricardo.
Él tenía los ojos húmedos.
—Yo debería disculparme.
Se agachó para quedar a la altura de Sofía.
Después volvió a mirar a Mariana.
—Mi nombre es Ricardo. Ella es mi hija. Y creo que tiene razón.
Mariana no entendió.
—¿En qué?
—En que necesitas ayuda.
—Estoy bien.
Ricardo miró sus pies.
Mariana bajó la vista.
—Bueno… más o menos.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
Ella trató de recordar.
Aquella mañana había bebido café y comido medio pan que le habían dado afuera de una pequeña tienda.
El día anterior había recibido un plato de comida en un comedor comunitario.
—Ayer comí bien.
Ricardo cerró los ojos un instante.