Una niña abrazó a una joven descalza en Nochebuena, pero nadie imaginaba lo que ocurriría después

—Vamos a casa de mi mamá.

Mariana pensó que había escuchado mal.

—¿Qué?

—Vamos a cenar con mi familia.

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

—No.

—Siempre sobra comida.

—No puedo ir.

—¿Por qué?

Mariana señaló su ropa.

—Mírame.

Ricardo la miró.

—Te estoy mirando.

—Estoy sucia. No tengo zapatos. No conozco a tu familia. No puedo aparecer así en casa de alguien durante Nochebuena.

Sofía intervino inmediatamente.

—Mi abuela tiene muchas cobijas.

Ricardo sonrió por primera vez.

—Eso es verdad.

—Y cocina muchísimo.

—También es verdad.

Mariana negó con la cabeza.

—Gracias, de verdad. Pero no quiero causar problemas.

—Mi madre siempre pone un lugar extra en la mesa —dijo Ricardo—. Dice que nunca se sabe quién puede necesitar sentarse con nosotros.

Mariana lo observó en silencio.

—Parece que hoy sabemos para quién era ese lugar.

Ella quiso negarse otra vez.

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