Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

Mariana simplemente preguntó:

—¿Y qué aprendiste con eso?

Sofía se quedó pensando.

Nunca volvió a presumir de aquella cosa.

Otro día Sofía se quejó porque no quería repetir un ejercicio.

Mariana respondió:

—Yo habría dado cualquier cosa por tener esa tarea cuando no podía ir a clases.

Sofía terminó el ejercicio.

Yo no le había pedido a Mariana que educara a mi hija.

Pero lo hacía sin intentarlo.

Con su manera de vivir.

Con su forma de tratar a los demás.

Con su gratitud.

Con su carácter.

Pasaron los años.

Mariana terminó convirtiéndose en una de las mejores alumnas de su generación.

Pero lo más importante era que seguía ayudando a otros.

Si un compañero no entendía algo, se sentaba a explicárselo.

Si alguien iba más lento, tenía paciencia.

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