Mariana se encogió de hombros.
—Mi mamá dice que cuando consiga trabajo y podamos vivir en un lugar fijo, voy a regresar.
—¿Y cuándo será eso?
—No sé.
Sofía miró hacia el edificio de su escuela.
Después volvió a mirar a Mariana.
—Puedes venir aquí.
Mariana soltó una pequeña risa.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque cuesta mucho.
Sofía contestó como sólo puede contestar una niña de siete años que nunca ha tenido que pensar demasiado en el dinero.
—Mi papá tiene.
Mariana volvió a reírse.
—Sofía…
—Es verdad. Tiene muchísimo.
Decidí que ya había escuchado suficiente.
Me acerqué.
Sofía me vio y abrió los ojos.
—¡Papá!
Mariana dio un paso atrás inmediatamente.
Su expresión cambió por completo.
Yo llevaba todavía la ropa de trabajo y entiendo lo que debió pensar.
Que estaba allí para echarla.