En las noches que había trabajado horas extra.
En las veces que habíamos renunciado a comprar algo para asegurarnos de que nuestro hijo tuviera lo necesario.
Y pensé en la última cena.
«Ve a limpiar el baño».
No lloré aquella vez.
Simplemente le pedí al abogado que me ayudara a organizar mi nueva vida.
Compré una casa pequeña, de una sola planta, con un jardín donde pudiera sentarme por las mañanas y un dormitorio con suficiente espacio para recibir visitas.
También contraté a un
asesor financiero independiente para organizar el dinero, reservar los impuestos correspondientes y planificar mis gastos a largo plazo.
No quería una mansión.
Quería tranquilidad.
Por primera vez en muchos años, compré un colchón nuevo sin comparar su precio con el de otros cinco.
Compré una butaca junto a la ventana.
Y llené la cocina de alimentos que me gustaban, no solo de cosas que los demás querían comer.