PARTE 1
—¿Por qué ya no estás comiendo? —preguntó mi suegra.
Dejé los cubiertos junto al plato, miré a mi esposo pelando otro camarón para mi cuñada y respondí con una sonrisa que ni yo misma reconocí:
—Porque parece que tu hijo ya decidió a quién darle toda la comida.
La mesa quedó en silencio.
Rodrigo se congeló con el camarón entre los dedos. Valeria, mi cuñada, bajó la mirada. Mi suegra, doña Teresa, me observó como si la grosera hubiera sido yo.
Aquella cena de sábado, en su departamento de Zapopan, parecía una reunión familiar cualquiera. Éramos seis: Teresa, Rodrigo, yo, Valeria, su hija de cinco años, Camila, y el lugar vacío de Alejandro, hermano de Rodrigo y esposo de Valeria, quien estaba fuera de Guadalajara por trabajo.
Yo había llegado dos horas antes para cocinar.
Preparé pescado, arroz rojo, verduras y veinte camarones al ajo. Los limpié uno por uno, les quité la vena, los sazoné y los llevé a la mesa todavía calientes.
Durante tres años había sido así.
Yo compraba los ingredientes, ayudaba a mi suegra en la cocina, servía la mesa y después lavaba los platos.
Valeria nunca hacía nada.
—Déjala —decía Teresa—. Con la niña tiene suficiente.
Yo callaba.
Aquella noche también habría callado si no hubiera visto algo que me dolió de una manera absurda.
Rodrigo tomó un camarón, lo peló cuidadosamente y lo puso en el plato de Valeria.
—Cómetelo antes de que se enfríe.
Luego otro.
Y otro.
Y otro.
Cuatro camarones.
Ni uno para mí.
Parecía una tontería. Pero mientras lo observaba inclinarse hacia ella, recordé que hacía años Rodrigo hacía exactamente lo mismo conmigo.
Por eso dejé los cubiertos.
Después de mi comentario, Teresa frunció el ceño.
—Mariana, no empieces. Valeria está sola mientras Alejandro trabaja.
Rodrigo añadió:
—Sólo estaba ayudándola.
No contesté.
Cuando regresamos a casa, él no me preguntó si estaba triste.
Me reclamó:
—Me hiciste quedar mal delante de todos.
Lo miré.
—¿Y tú no hiciste nada que pudiera hacerme sentir mal?
—¿Qué hice?
Aquellas dos palabras me dolieron más que los camarones.
Esa noche, mientras él se bañaba, su teléfono se iluminó sobre el buró.
Era un mensaje de Valeria.