Quise abrirlo.
El código que Rodrigo había usado durante años, mi fecha de cumpleaños, ya no funcionaba.
Cuando salió del baño, vio el teléfono en mi mano. No preguntó nada. Lo tomó, se acostó de espaldas y comenzó a escribir con el sonido desactivado.
A la mañana siguiente dijo que tenía que ir a la oficina.
Desde el balcón vi salir su automóvil.
La empresa donde trabajaba quedaba hacia la derecha.
Rodrigo giró a la izquierda.
En esa dirección, a menos de diez minutos, estaba el edificio donde vivían Valeria y Camila.
Me quedé mirando hasta que el coche desapareció.
Por primera vez en tres años dejé de preguntarme si estaba exagerando.
Entré, abrí la computadora y pensé:
“Si realmente no pasa nada, no debería haber nada que esconder.”
Todavía no sabía que una cena y cuatro camarones acababan de abrir una puerta que llevaba dos años cerrada frente a mis ojos.
Y lo que encontré detrás de esa puerta fue mucho peor de lo que había imaginado.
PARTE 2
Primero revisé nuestra cuenta conjunta.
Rodrigo y yo depositábamos dinero ahí para la renta, los servicios y los gastos del hogar. Yo aportaba un poco más porque ganaba mejor.
Al principio pensé que había leído mal.
Transferencia a Valeria: 4,500 pesos.
Otro mes: 6,000.
Después 3,800.
Luego 7,000.
Busqué hacia atrás.
En un año, Rodrigo le había transferido más de 70,000 pesos desde una cuenta donde también había dinero mío.
Cuando amplié la búsqueda a dos años, sentí que se me helaban las manos.
La cifra superaba los 140,000 pesos.
No grité.
No lo llamé.
Tomé capturas de cada movimiento y guardé copias.
Ese mismo día pedí salir antes del trabajo.
En casa revisé el cajón del buró y encontré un recibo de una joyería de Plaza Andares.
Una pulsera de plata fina con una pequeña letra “R”.
Casi 15,000 pesos.
La fecha era de dos meses antes.
Entonces recordé haber visto aquella pulsera en la muñeca de Valeria.
Fotografié el recibo y lo regresé exactamente al mismo sitio.
Dos días después, Valeria llegó a mi casa con Camila y una bolsa de fruta.
—No quiero que te quedes con una idea equivocada por lo del sábado —me dijo—. Rodrigo sólo nos ayuda porque Alejandro viaja mucho.