Rodrigo giró a la izquierda.
En esa dirección, a menos de diez minutos, estaba el edificio donde vivían Valeria y Camila.
Me quedé mirando hasta que el coche desapareció.
Por primera vez en tres años dejé de preguntarme si estaba exagerando.
Entré, abrí la computadora y pensé:
“Si realmente no pasa nada, no debería haber nada que esconder.”
Todavía no sabía que una cena y cuatro camarones acababan de abrir una puerta que llevaba dos años cerrada frente a mis ojos.
Y lo que encontré detrás de esa puerta fue mucho peor de lo que había imaginado.
PARTE 2
Primero revisé nuestra cuenta conjunta.
Rodrigo y yo depositábamos dinero ahí para la renta, los servicios y los gastos del hogar. Yo aportaba un poco más porque ganaba mejor.
Al principio pensé que había leído mal.
Transferencia a Valeria: 4,500 pesos.