Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

Carmen miró por la ventana hacia la casa de al lado.

—¿Le querías? —preguntó.

Lucía tardó en responder.

—Sí.

—Entonces esto también te duele.

Lucía asintió.

Protegerse de alguien no borraba los años buenos ni el nacimiento de los hijos. Solo obligaba a aceptar que el amor no podía ser una excusa para ignorar el miedo.

Álvaro pidió ver a Mateo y Alba el 26 de diciembre.

Lucía no se negó.

La entrega se organizó en un lugar neutral, con horarios claros y sin Mercedes. Cuando Álvaro vio a los niños, lloró.

No arregló lo ocurrido.

Pero tampoco fue falso.

Con el tiempo admitió por escrito que había agarrado a Carmen. Intentó describirlo como «un gesto para detenerla», hasta que su propio abogado le aconsejó dejar de minimizarlo.

Mercedes nunca pidió perdón.

Durante semanas sostuvo que Carmen exageraba y que Rafael había envenenado a todos contra ella desde la tumba.

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