Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Lucía.

Carmen miró hacia la habitación donde dormían los gemelos.

—Porque tú estabas cerrando un contrato importante y porque cada día pensaba que podía aguantar uno más.

Lucía le tomó la mano sana.

—La próxima vez no tienes que aguantar nada para protegerme.

—La próxima vez —respondió Carmen—, tampoco quiero que vengas a salvarme. Quiero que vengas a escucharme.

Lucía asintió.

La Nochebuena no se pareció a ninguna de las anteriores.

No hubo una mesa con 18 personas ni fotografías perfectas. Hubo tortilla, croquetas compradas a última hora, caldo caliente y 2 niños corriendo por un salón que hasta hacía 48 horas creían vacío.

A las 21:30, Mateo se quedó dormido en el regazo de Carmen. Alba colocó 7 adornos distintos en la misma rama del árbol pequeño que Lucía había comprado esa tarde.

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