PARTE 1
Cuando Natalia Serrano regresó a España después de 6 años trabajando en Dubái, su cuñado le abrió la puerta de la casa que ella había comprado para su madre y le dijo, sin reconocerla:
—Si vienes a limpiar, entra por detrás. La señora que friega el patio está allí.
Natalia tardó unos segundos en reaccionar.
Álvaro llevaba una bata azul marino, zapatillas de terciopelo y un vaso de whisky en la mano. Detrás de él brillaba el salón del chalet de Pozuelo de Alarcón que Natalia había pagado 2 años antes, 560.000 euros sin hipoteca, para que Carmen, su madre, pudiera envejecer sin miedo a alquileres ni deudas. Incluso reconoció la lámpara de cristal que ambas habían elegido por videollamada.
—Vengo a ver a Carmen.
Álvaro la recorrió con la mirada, desde la chaqueta de viaje hasta la maleta.