Volví de Dubái un mes antes y mi cuñado me abrió la puerta de la casa que compré para mi madre, mientras ella fregaba de rodillas el patio. Él bebía whisky y soltó: «Si vienes a limpiar, entra por detrás». No discutí: llamé a mi abogado y puse los extractos sobre la mesa. Entonces encontré un recibo de farmacia rechazado… y un cargo de 1.180 euros solo 2 horas después.

—Pues date prisa. Esta noche tenemos gente.

Y cerró la puerta.

Natalia rodeó la casa por el lateral. En el patio encontró una escena que le vació el pecho: Carmen, de 63 años, estaba de rodillas sobre las baldosas, frotando la grasa de la cocina exterior con un cepillo. Llevaba una camiseta vieja, pantalones demasiado grandes y unas chanclas gastadas. Tenía los nudillos rojos.

—Mamá.

El cepillo cayó dentro del cubo.

Carmen alzó la cabeza y, al reconocerla, se quedó sin voz.

—¿Natalia? Pero tú volvías el mes que viene…

Intentó levantarse y las rodillas le fallaron. Natalia corrió a sujetarla.

Durante 6 años había enviado dinero todos los meses. Durante 2 había transferido 2.500 euros para comida, recibos, farmacia y cualquier capricho que su madre quisiera darse. Su hermana Laura y Álvaro habían pedido quedarse “unas semanas” mientras arreglaban unos problemas económicos.

Nunca se marcharon.

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