Volví de París 3 días antes y me escondí bajo la cama al oír entrar a mi marido con una mujer embarazada. Mientras él acariciaba su vientre, escuché: “Cuando Laura desaparezca, los 18 millones serán nuestros”. No salí ni lloré; llamé a mi abogada y guardé las escrituras. Entonces encontré una carpeta con el nombre de mi padre, fechada 11 días antes del accidente.

Beatriz intentó presentarse como una madre que sólo había querido ayudar a su hijo, pero sus propios mensajes mostraban que conocía el plan para presionar a Laura y ocultar las deudas. Natalia, por su parte, entregó las conversaciones completas, incluidas aquellas que la dejaban a ella en mal lugar.

No salió limpia de la historia.

Pero decidió dejar de mentir antes de que su hijo naciera.

Al salir de los juzgados de Plaza de Castilla, varios periodistas intentaron detenerla.

Ella siguió caminando.

—¿No quieres decir nada? —preguntó Inés dentro del taxi.

Laura miró por la ventanilla.

—He pasado demasiado tiempo explicando mi dolor a personas que lo utilizaban contra mí.

Semanas más tarde volvió sola a la finca.

La casa llevaba años cerrada. Había polvo, persianas atascadas y hojas secas en el patio. En la cocina encontró un delantal de su madre. En el garaje seguía colgada la bicicleta con la que su padre le había enseñado a mantener el equilibrio.

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