Laura se sentó en los escalones y lloró.
No por Álvaro.
No por Beatriz.
Ni siquiera por los 18 millones.
Lloró porque durante demasiado tiempo el último recuerdo de sus padres había sido una carretera y una llamada de madrugada.
Aquella mañana recuperó otros.
Su madre cantando mientras hacía tortilla.
Su padre fingiendo que no sabía montar un mueble para hacerla reír.
Las tardes de agosto con las ventanas abiertas y olor a pino.
Entonces tomó una decisión.
Aceptó vender sólo una parte de los terrenos a la empresa interesada y conservó la casa y el pequeño pinar. Con parte del dinero creó un proyecto de asesoría jurídica y alojamiento temporal para mujeres atrapadas en relaciones de control económico o familiar.
Lo llamó Fundación Clara y Julián, como sus padres.
Inés propuso una inauguración elegante. Laura se negó.