Ahora entendía que sobrevivir era elegir.
Elegir dónde vivir.
A quién abrir la puerta.
Qué recuerdos conservar.
Qué silencios romper.
Aquella noche dejó sobre la mesa de su nueva casa una fotografía encontrada en la finca. Tenía 8 años y aparecía entre sus padres, con las rodillas llenas de polvo y una sonrisa enorme.
Abrió las ventanas.
El aire movió las cortinas y tiró una revista al suelo.
Laura no la recogió.
Sonrió al pensar en la obsesión de Beatriz por mantener cada cosa en su sitio.
Por fin sabía que una casa perfecta no era la que permanecía impecable.
Era aquella donde nadie tenía que esconderse debajo de una cama para estar a salvo.
Donde el amor no exigía firmas, herencias ni miedo.
Álvaro había querido convertir 18 millones en el precio de su desaparición.
Laura convirtió una parte de aquel dinero en puertas abiertas.