PARTE 1
Elena volvió a Valencia 1 mes antes de lo previsto y encontró a su madre de 62 años de rodillas, fregando con las manos enrojecidas el patio de la casa que ella había comprado para que nunca volviera a trabajar. Después de 6 años encadenando contratos en Dubái, lo único que quería era darle una sorpresa. Había pagado 560.000 euros por aquel chalet de 4 dormitorios en una urbanización tranquila de Bétera, sin hipoteca y sin deudas, y cada mes enviaba 2.500 euros para comida, facturas, medicinas y cualquier capricho que su madre, Pilar, quisiera permitirse.
Por eso, cuando llamó al timbre aquella tarde, esperaba escuchar los pasos apresurados de Pilar y verla sonreír desde la puerta.
En lugar de eso, abrió Álvaro, su cuñado.
Llevaba una bata oscura, una copa en la mano y la expresión relajada de quien se siente dueño de cada centímetro de una casa. La miró de arriba abajo sin reconocerla.
—No compramos nada en la puerta.
Elena tardó unos segundos en responder.
—He venido a ver a Pilar.
Álvaro sonrió con desgana.
—Si vienes por la limpieza, está detrás. Y date prisa, esta noche tenemos gente.
Le cerró la puerta.
Elena no golpeó de nuevo. Rodeó la vivienda por el lateral y, al llegar al patio, se quedó inmóvil.
Pilar estaba arrodillada sobre las baldosas mojadas, con un cubo gris, un cepillo duro y unos guantes amarillos demasiado grandes. Llevaba una camiseta vieja, un pantalón manchado y el pelo recogido de cualquier manera. A su alrededor había espuma, una botella de detergente y varios paños. Parecía agotada.
—Mamá.
El cepillo cayó dentro del cubo.
Pilar giró la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Elena…
Intentó levantarse, pero las rodillas le fallaron. Elena corrió a sujetarla.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Pilar bajó la mirada. No parecía enfadada. Parecía avergonzada.
Eso fue peor.
Poco a poco, la verdad salió a trozos. Eva, la hermana menor de Elena, y Álvaro habían llegado 2 años antes “solo por unas semanas”, después de que el negocio de él empezara a ir mal. Pilar les cedió la habitación de invitados. Después ellos ocuparon el dormitorio principal. Más tarde comenzaron a decidir quién entraba, qué se compraba y hasta cuándo podía Pilar usar el salón.