Al principio le pedían favores. Luego llegaron las comidas, la colada, la limpieza y el jardín. Finalmente, Eva se hizo cargo de la tarjeta vinculada a la cuenta donde Elena enviaba el dinero mensual.
—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó Elena.
Pilar se secó la cara con la muñeca.
—Me dijeron que, si te preocupaba, venderías la casa. Que ellos se irían y yo acabaría sola. Yo solo quería que la familia siguiera unida.
Elena miró el cepillo dentro del cubo, lo sacó y lo lanzó sobre el césped.
—No vas a volver a arrodillarte aquí para servir a nadie.
Entraron juntas.
Eva estaba tumbada en el sofá con el móvil. Álvaro se servía otra copa.
—Tienes 30 minutos para recoger tus cosas —dijo Elena.
Eva se puso en pie.
—No puedes echarnos. Llevamos 2 años viviendo aquí.
Álvaro recuperó la sonrisa.
—Exacto. Hay leyes. No puedes aparecer después de 6 años, montar una escena y decidir que esto funciona como tú quieras.
Elena miró el reloj. Eran las 16:30.
—Entonces a las 21:00 veremos qué dicen los papeles.
Tomó la mano de su madre y salió sin discutir.
Álvaro todavía sonreía.
No sabía que, antes de que terminara la noche, el problema de la casa iba a ser lo menos grave que Elena descubriría.
PARTE 2
A 10 minutos de la casa, Elena instaló a Pilar en un hotel tranquilo, pidió comida caliente y consiguió que una médica revisara sus rodillas. Cuando su madre se durmió, llamó a Inés Robles, la abogada que llevaba sus asuntos en España.
Inés hizo 2 preguntas.
—¿Firmaste algún contrato de alquiler con Eva o Álvaro?
—No.
—¿Te pagaron alguna vez una renta?
—Nunca.
La respuesta fue clara: nada de cambiar cerraduras ni de expulsiones improvisadas. Había que documentarlo todo y actuar por la vía correcta.
Elena abrió el portátil. Escritura, impuestos, seguro, recibos, transferencias. La vivienda estaba íntegramente a su nombre.
A las 20:45 regresó. Había coches frente al chalet y música dentro. Eva y Álvaro celebraban una cena con amigos como si nada hubiera ocurrido.
A las 20:59 llegaron Inés, un notario y un especialista financiero. No venían a montar un espectáculo, sino a dejar constancia formal y entregar un requerimiento.
Álvaro salió con la misma copa.
—¿Qué es esto?
Inés le dio la documentación.