A 5 minutos de una operación urgente, me puse por error la bata de mi residente y encontré una nota escrita por mi marido. Mientras ella trabajaba a mi lado como si nada, leí: «Pronto dejaré a mi mujer». No hice una escena; guardé la nota y entré al quirófano. Entonces vi el rostro del paciente y reconocí al hombre que desapareció de mi vida hace 17 años.

Laura dejó de respirar durante unos segundos.

Reconocería aquella letra entre 1.000.

Javier de la Vega era su marido.

El hombre con quien llevaba casada 15 años.

El mismo que aquella mañana le había besado la frente antes de salir de casa y le había dicho:

—Esta noche cenamos juntos. Te noto agotada.

Laura bajó lentamente la mirada hacia el nombre bordado en la bata.

Doctora Inés Ferrer.

Inés tenía 31 años, era residente de neurocirugía y llevaba casi 2 años trabajando bajo la supervisión de Laura.

Había cenado en su casa.

Había conocido a Javier.

Incluso la había acompañado al baño del hospital 8 meses antes cuando Laura recibió la noticia de que otro tratamiento de fertilidad había fracasado.

—No dejes que esto te haga sentir menos mujer —le había dicho mientras la abrazaba.

Ahora Laura comprendía que posiblemente ya estaba viéndose con su marido.

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