Nadie dijo nada.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —preguntó Carmen—. Que elegiste el momento en que yo estaba más débil para convertir mi “no” en un “sí”.
Rubén bajó la cabeza.
Mateo dio un paso hacia atrás.
Elena lo llevó al salón. Se agachó hasta quedar a su altura.
—Quiero que me mires.
El niño obedeció.
—Tú intentaste avisarme y yo no te escuché.
Mateo apretó la boca.
—Te lo dije sin decirlo.
Elena sintió que aquella frase le partía algo por dentro.
Durante días había interpretado el comportamiento de su hijo como miedo exagerado, celos o ansiedad. Había visto una almohada en el suelo y había pensado en buscar ayuda profesional. Había visto cómo seguía a Rubén y lo había llamado desobediente. Nunca se preguntó por qué un niño que adoraba dormir hasta tarde estaba dispuesto a pasar la noche vigilando una puerta.