Vendió una de las furgonetas. Renegoció las deudas con varios proveedores. Cerró una línea de trabajo que solo le generaba pérdidas y aceptó finalmente reunirse con el asesor que su madre le había recomendado antes de la operación.
No fue una redención rápida.
Tampoco volvió a entrar en casa como si nada hubiera ocurrido.
El primer mensaje que envió a Carmen decía:
“Sé que pedir perdón no arregla lo que hice. Si algún día quieres escucharme, iré cuando tú digas”.
Carmen tardó 9 días en responder.
“Domingo, 17:00. Sin carpetas”.
Rubén llegó a las 16:55.
No llevaba herramientas, ni bolsas del supermercado, ni excusas preparadas. Se sentó en el salón y habló durante casi 1 hora. Admitió que había sentido vergüenza por el fracaso de la empresa. Admitió también algo más incómodo: durante años había convertido a Elena en la hermana “responsable” y a sí mismo en el “desastre simpático” porque ese papel le permitía evitar ciertas consecuencias.