—Abuela, tú dijiste que no.
Carmen sonrió con tristeza.
—Sí.
—Entonces ya está.
La sencillez de aquella respuesta dejó a las 2 mujeres calladas.
Esa noche sucedió algo que Elena tardó unos segundos en notar. Se despertó cerca de las 05:00, salió al pasillo y miró hacia la puerta de Carmen.
No había nadie.
Ni almohada.
Ni manta de dinosaurios.
Entró en el dormitorio de Mateo y lo encontró atravesado sobre la cama, profundamente dormido, con un calcetín puesto y el otro perdido entre las sábanas.
Elena no lo despertó.
Solo cerró la puerta con cuidado.
Carmen mejoró durante los meses siguientes. Primero volvió a bajar sola las escaleras. Después recuperó sus paseos cortos. Más adelante regresó al mercado de los sábados, donde discutía con el frutero sobre el precio de las cerezas como si aquello fuera una competición nacional.
Rubén, mientras tanto, tuvo que enfrentarse a lo que llevaba demasiado tiempo evitando.