Mauricio vio que yo miraba el celular.
“¿Con quién hablas? ¿Ya le estás contando chismes a todo mundo? ¿Quieres dejarme como el malo? Tú sin mí no puedes ni con dos bebés, Camila.”
Mi mamá se paró entre los dos.
“Se va de mi casa. Ahora.”
Él la miró, me miró a mí, y sonrió de esa forma que me helaba la sangre.
“Nos vemos en los juzgados entonces. Y tú sabes que yo conozco a todos los jueces familiares de esta ciudad.”
Se fue dando un portazo. Mateo se despertó llorando.
Mi amiga abogada me mandó la ubicación de su oficina en la Condesa. Decía: “Ven a las 11. Trae tu INE y si tienes tu acta de matrimonio.”
Iba a ir. Con mis dos bebés con fiebre y sin dormir, iba a ir, porque por primera vez en meses sentí que si no lo hacía, él iba a lograr que yo creyera que todo era mi culpa.