A las 11:47 de Nochebuena mi esposo me envió por error esta foto. Él en la cama de un hotel con otra, mientras yo cuidaba sola a nuestros gemelos con 39° de fiebre. Me dijo “Eso es lo que hacen las madres” – días después mi abogada me mostró algo mucho peor.

La oficina de Fernanda estaba en un segundo piso en la Condesa, con plantas y expedientes por todos lados. Llegué con los gemelos en la carriola doble, con ojeras y el suéter de mi mamá que me quedaba grande. Fernanda me abrazó sin preguntar.

“¿Cómo están de fiebre?”, me preguntó primero. Es mamá también.

“Mejor. Ya en 37.8.”

Nos sentamos. Puso su laptop frente a mí.

“Cami, lo del hotel es lo de menos. Lo que me mandaste anoche, la foto del collar, la captura donde te dice que actives tu ubicación… me hizo buscar algo más. ¿Tú firmaste algo hace como cinco meses? ¿Cuando nació Emma y Mateo? ¿Algún papel en el hospital o en tu casa?”

Me quedé helada. Sí. A los quince días de la cesárea, todavía con la herida doliéndome, con los bebés llorando todo el día y sin dormir. Mauricio llegó con un folder y un notario amigo suyo, un señor de traje.

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