A las 11:47 de Nochebuena mi esposo me envió por error esta foto. Él en la cama de un hotel con otra, mientras yo cuidaba sola a nuestros gemelos con 39° de fiebre. Me dijo “Eso es lo que hacen las madres” – días después mi abogada me mostró algo mucho peor.

Su mensaje decía: “No me esperes despierta. Cena importante con clientes. Llego tarde.”

Durante varios segundos miré la foto buscando otra explicación. Un reflejo. Una sombra. Un hombre que se pareciera mucho a mi esposo. Pero no había otra explicación.

Era su reloj de acero, el que le regaló su papá cuando se tituló de la Ibero. Era la cicatriz chiquita junto a la clavícula que se hizo jugando futbol en la prepa. Y era su anillo de bodas, recargado contra el hombro desnudo de ella.

Era Renata Vidal.

La consultora de relaciones corporativas que hace tres meses cenó con nosotros en Polanco. Esa noche me dijo que mis aretes eran divinos y luego se la pasó toda la cena riéndose de cada chiste de Mauricio, tocándole el brazo, inclinándose.

Me llamo Camila Herrera. Tengo 32 años y mis gemelos acababan de cumplir seis meses.

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