Esa tarde los dos empezaron con temperatura. Hablé dos veces con la pediatra de guardia, anoté en una servilleta las dosis de Tempra, les puse trapitos húmedos y les chequé la respiración cada diez minutos como me enseñaron en urgencias.
A las seis, Mauricio salió del vestidor con traje azul marino y mancuernillas de plata.
“Quédate esta noche”, le pedí con Emma en brazos. “Por favor. No me siento bien, no he dormido nada.”
Se acomodó el reloj sin mirarme.
“Ya hablamos de esto, Camila.”
“Los dos están enfermos. Necesito ayuda.”
Me miró como si le estuviera pidiendo algo irracional, algo fuera de lugar.
“Entonces duerme cuando ellos duerman.”
Mateo volvió a soltar ese llanto ronco de bebé con fiebre.
“De verdad necesito ayuda.”
Suspiró. No como un papá cansado. Como un jefe al que le piden un favor absurdo en viernes por la tarde.