El rostro de Renata cambió.
Su padre había ocupado años atrás un cargo importante en el gobierno estatal y su nombre aparecía indirectamente relacionado con algunas gestiones.
—Mi papá no tiene nada que ver —espetó.
—Entonces seguramente no tendrá inconveniente en que todo sea investigado —respondió Mauricio.
Alejandro me observó.
—¿Qué quieres realmente?
—A mi hijo.
—¿Y después?
—Nada.
Eso pareció desconcertarlo más que cualquier amenaza.
Durante nuestro matrimonio había aprendido que Alejandro entendía el dinero, el poder y los intercambios.
Lo que nunca entendió fue que algunas personas simplemente aman.
Después de dos horas aceptó un nuevo régimen de convivencia.
Dos veces por semana y fines de semana alternados.
No era todo lo que yo quería, pero significaba volver a abrazar a Mateo.
Al salir, Alejandro me alcanzó en el pasillo.
—Has cambiado.
—No. Solo dejé de tenerte miedo.