A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

El rostro de Renata cambió.

Su padre había ocupado años atrás un cargo importante en el gobierno estatal y su nombre aparecía indirectamente relacionado con algunas gestiones.

—Mi papá no tiene nada que ver —espetó.

—Entonces seguramente no tendrá inconveniente en que todo sea investigado —respondió Mauricio.

Alejandro me observó.

—¿Qué quieres realmente?

—A mi hijo.

—¿Y después?

—Nada.

Eso pareció desconcertarlo más que cualquier amenaza.

Durante nuestro matrimonio había aprendido que Alejandro entendía el dinero, el poder y los intercambios.

Lo que nunca entendió fue que algunas personas simplemente aman.

Después de dos horas aceptó un nuevo régimen de convivencia.

Dos veces por semana y fines de semana alternados.

No era todo lo que yo quería, pero significaba volver a abrazar a Mateo.

Al salir, Alejandro me alcanzó en el pasillo.

—Has cambiado.

—No. Solo dejé de tenerte miedo.

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