Al día siguiente fui por mi hijo.
Llegué una hora antes al nuevo kínder.
Cuando la puerta se abrió, Mateo apareció con uniforme azul y su conejo de peluche.
Me vio.
Se quedó inmóvil.
Después corrió.
—¡Mamá!
Me arrodillé y lo recibí entre mis brazos.
—Pensé que ya no ibas a volver —sollozó.
—Siempre voy a volver por ti.
Sacó un dibujo de su mochila.
Era una mujer con cabello enorme y una sonrisa ocupándole media cara.
—Eres tú.
—¿Tan despeinada estoy?
Mateo se rio.
Aquella risa valió más que cualquier fortuna.
Durante los meses siguientes mi vida comenzó a reconstruirse.
Mis padres no intentaron comprar mi cariño.
Ese detalle fue lo que terminó acercándome a ellos.
Mi madre preguntaba qué quería desayunar. Mi padre compraba demasiados juguetes para Mateo y fingía que era “porque estaban en oferta”.
Yo empecé a trabajar en una división de responsabilidad social del grupo familiar, primero como asesora y después dirigiendo proyectos de vivienda para mujeres.