A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Al día siguiente fui por mi hijo.

Llegué una hora antes al nuevo kínder.

Cuando la puerta se abrió, Mateo apareció con uniforme azul y su conejo de peluche.

Me vio.

Se quedó inmóvil.

Después corrió.

—¡Mamá!

Me arrodillé y lo recibí entre mis brazos.

—Pensé que ya no ibas a volver —sollozó.

—Siempre voy a volver por ti.

Sacó un dibujo de su mochila.

Era una mujer con cabello enorme y una sonrisa ocupándole media cara.

—Eres tú.

—¿Tan despeinada estoy?

Mateo se rio.

Aquella risa valió más que cualquier fortuna.

Durante los meses siguientes mi vida comenzó a reconstruirse.

Mis padres no intentaron comprar mi cariño.

Ese detalle fue lo que terminó acercándome a ellos.

Mi madre preguntaba qué quería desayunar. Mi padre compraba demasiados juguetes para Mateo y fingía que era “porque estaban en oferta”.

Yo empecé a trabajar en una división de responsabilidad social del grupo familiar, primero como asesora y después dirigiendo proyectos de vivienda para mujeres.

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