No quería convertirme simplemente en “la heredera de Héctor Alcázar”.
Quería recuperar a la mujer que había dejado de ser cuando me casé.
Tres meses después, mi padre organizó la cena del aniversario de Grupo Alcázar en un hotel de Reforma.
La prensa, empresarios y cientos de invitados llenaban el salón.
Alejandro también asistió.
Hasta esa noche, muy pocas personas sabían públicamente quién era yo.
Mi padre subió al escenario.
Habló del crecimiento de la empresa, de nuevos proyectos y del futuro.
Después hizo una pausa.
—Pero esta noche quiero hablar de algo que no tiene relación con negocios.
El salón quedó en silencio.
—Hace veinticinco años perdimos a nuestra hija. Mi esposa y yo jamás dejamos de buscarla.
Sentí que me temblaban las piernas.
—Y hoy puedo decir que volvió a casa.