A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

No quería convertirme simplemente en “la heredera de Héctor Alcázar”.

Quería recuperar a la mujer que había dejado de ser cuando me casé.

Tres meses después, mi padre organizó la cena del aniversario de Grupo Alcázar en un hotel de Reforma.

La prensa, empresarios y cientos de invitados llenaban el salón.

Alejandro también asistió.

Hasta esa noche, muy pocas personas sabían públicamente quién era yo.

Mi padre subió al escenario.

Habló del crecimiento de la empresa, de nuevos proyectos y del futuro.

Después hizo una pausa.

—Pero esta noche quiero hablar de algo que no tiene relación con negocios.

El salón quedó en silencio.

—Hace veinticinco años perdimos a nuestra hija. Mi esposa y yo jamás dejamos de buscarla.

Sentí que me temblaban las piernas.

—Y hoy puedo decir que volvió a casa.

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