Las luces se dirigieron hacia mí.
—Les presento a mi hija, Valeria Alcázar.
Escuché aplausos.
Pero solo miré a Alejandro.
Su rostro perdió el color.
Entonces entendió.
Entendió por qué los bancos habían endurecido condiciones.
Por qué tenía abogados capaces de enfrentarse a los suyos.
Por qué la mujer a la que había llamado “huérfana sin familia” ya no bajaba la mirada.
Después de la cena me encontró sola en una terraza.
—Yo no sabía quién eras —murmuró.
—Exacto.
—¿Qué quieres decir?
—Que si lo hubieras sabido, quizá nunca me habrías golpeado.
Alejandro abrió la boca.
—Eso no es…
—¿No es verdad? Nunca preguntaste de dónde venía. Nunca quisiste saber qué me gustaba, qué temía, qué quería hacer con mi vida. Para ti yo era perfecta porque no tenía familia que pudiera reclamarte nada.
—Valeria, yo…