A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Mateo se escondió detrás de mis piernas.

—Mami… es papá.

—Sí.

—¿Me va a llevar?

Me agaché.

—No. Nadie te va a llevar a ningún lugar sin que tú quieras.

Alejandro dejó las flores en el suelo y se arrodilló.

—Mateo, ¿puedo darte un abrazo?

Mi hijo dudó.

Finalmente caminó hacia él.

Alejandro lo abrazó con tanta fuerza que comenzó a temblar.

Mateo se quedó quieto.

—Perdóname, campeón.

—¿Por qué?

Alejandro cerró los ojos.

No encontró respuesta.

—Porque papá cometió muchos errores.

Mateo acarició distraídamente una oreja de su conejo.

—¿Te vas lejos?

—Sí.

—¿Cuándo vuelves?

Alejandro me miró.

Yo sabía que quizá tardaría años.

—Tu papá va a trabajar lejos durante un tiempo —respondí.

—¿Me vas a traer un Ultraman gigante? —preguntó Mateo.

Alejandro soltó una risa rota entre lágrimas.

—El más grande que encuentre.

—Promételo.

Mateo extendió el meñique.

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