Alejandro entrelazó el suyo.
—Prometido.
Cuando nos alejábamos, Mateo volteó.
—¡Adiós, papá!
Alejandro permaneció frente al automóvil llorando.
No sentí satisfacción.
Tampoco lástima.
Solo una tristeza profunda por todas las cosas que pudieron haber sido diferentes.
Dentro de casa, Mateo preguntó:
—Mami, ¿papá estaba llorando?
—Sí.
—Entonces ya no estoy enojado con él.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien llora es porque está triste.
Lo abracé.
Los niños pueden perdonar cosas que los adultos tardamos años en comprender.
Meses después, Grupo Cárdenas enfrentó una crisis financiera severa. Algunos proyectos fueron suspendidos y Alejandro dejó la dirección temporalmente.
No celebré.
Su caída no reconstruía mis costillas.
No me devolvía las noches llorando sola.
No borraba la voz de Mateo preguntando por qué su mamá no iba por él.
La verdadera victoria ocurrió una noche mucho más sencilla.
Mateo estaba sentado a la mesa de mis padres comiendo costillitas en salsa de tamarindo.