A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Tenía la boca completamente manchada.

—¡Mami, están buenísimas!

Mi madre lo miraba sonriendo.

Mi padre sostenía el periódico al revés mientras fingía no emocionarse.

Sofía me mandó un mensaje desde el sillón:

“Tu mamá está llorando, tu papá tiene el periódico al revés y tu hijo parece que se bañó en salsa. Creo que esta es tu verdadera familia.”

Me reí.

Aquella madrugada desperté a las 3:12.

Exactamente la misma hora en que, meses atrás, había estado en terapia intensiva preguntándome si sobrevivir valía la pena.

Fui al cuarto de Mateo.

Dormía atravesado en la cama, con una pierna fuera de la cobija.

Me senté junto a él.

Sin despertarse, buscó mi mano y apretó uno de mis dedos.

—Mami… no te vayas —murmuró.

Incliné la cabeza y besé su frente.

—No me voy.

Y entonces comprendí algo.

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