Durante años creí que ser fuerte significaba aguantar.
Aguantar desprecios.
Aguantar silencios.
Aguantar infidelidades.
Aguantar hasta que el cuerpo terminara en una cama de hospital.
Estaba equivocada.
Ser fuerte también significa irte.
Pedir ayuda.
Decir basta.
Reconstruirte cuando alguien hizo todo lo posible por convencerte de que no valías nada.
Yo no gané porque mi padre fuera millonario.
No gané porque Alejandro perdiera poder.
Ni siquiera gané porque recuperé a Mateo.
Mi verdadera victoria fue volver a reconocer a la mujer que veía cada mañana en el espejo.
Durante mucho tiempo fui Valeria Cruz, la niña de la casa hogar que aprendió a no molestar porque tenía miedo de volver a quedarse sola.
Después fui la señora Cárdenas, la esposa perfecta que confundió silencio con paz y sacrificio con amor.
Ahora era simplemente Valeria.
Hija.
Madre.
Mujer.
Y eso bastaba.