Miré el reloj.
3:12 de la mañana.
La misma hora.
Otra vida.
Afuera, la Ciudad de México dormía bajo miles de luces.
Recordé que Alejandro una vez me dijo:
—Algún día todas esas luces van a encenderse para ti.
Sonreí.
Al final entendí que nunca necesité que una ciudad entera encendiera sus luces por mí.
Solo necesitaba una.
La del cuarto de mi hijo.
Una pequeña lámpara junto a su cama, iluminando su conejo de peluche, sus dibujos pegados en la pared y aquella mano diminuta que todavía sujetaba mi dedo.
La vida me había quitado mucho.
Pero también me había enseñado algo que jamás volvería a olvidar:
Una mujer no necesita que alguien venga a rescatarla para empezar de nuevo. A veces solo necesita recordar que todavía tiene derecho a levantarse.
Cerré los ojos junto a Mateo.