A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

—¿Quién te dejó entrar?

—¿Vas a llevártelo fuera de México?

Alejandro se sirvió un whisky antes de contestar.

—Renata quiere vivir una temporada en Australia.

—Mateo tiene tres años.

—Precisamente. Se adaptará rápido.

—Es mi hijo.

—También es mío. Y tú firmaste.

Aquella frase terminó de despertar algo dentro de mí.

—Algún día vas a arrepentirte.

Alejandro soltó una risa seca.

—¿De qué? ¿Qué vas a hacer, Valeria?

Cuando llegué a la puerta añadió:

—Y no pierdas el tiempo buscando trabajo. Ya dejé claro entre varios socios que cualquiera que te contrate tendrá problemas con Grupo Cárdenas.

Me quedé inmóvil.

Sabía que había terminado una maestría durante nuestro matrimonio.

Sabía que quería volver al mundo empresarial.

Y había decidido destruirme incluso antes de que yo intentara levantarme.

Aquella noche dormí en casa de Sofía, mi mejor amiga de la universidad.

Cuando le conté todo, me hizo una sola pregunta:

—¿Qué necesitas?

—Encontrar a mis padres biológicos.

Sofía se quedó callada.

Yo había crecido en una casa hogar de Puebla. Nunca conocí a mi familia. Pero por primera vez necesitaba saber de dónde venía.

No buscaba una familia rica.

Buscaba una respuesta.

Sofía contactó a una organización especializada en personas desaparecidas y registros antiguos.

Mientras tanto, acepté trabajar con ella en su pequeño consultorio psicológico.

Contestaba teléfonos, archivaba expedientes, preparaba café.

Después de haber vivido en una mansión, cobrar un sueldo modesto podría haberme parecido humillante.

No lo fue.

Humillante había sido pedir permiso para respirar dentro de mi propia casa.

Dos semanas después recibí una llamada.

—¿Hablo con Valeria Cruz?

—Sí.

—Soy secretario del señor Héctor Alcázar. Él desea verla personalmente.

Conocía ese apellido.

Grupo Alcázar era uno de los conglomerados inmobiliarios y financieros más grandes del país.

Acepté por curiosidad.

Al día siguiente un automóvil me llevó hasta una residencia en Bosques de las Lomas.

Héctor Alcázar tenía casi sesenta años, cabello entrecano y una mirada que cambió en cuanto me vio.

—Valeria… hace veinticinco años perdí a mi hija en una terminal de autobuses de Puebla.

Sentí un escalofrío.

—Tenía dos años. Llevaba un suéter rojo. Y tenía una pequeña mancha azulada en la muñeca izquierda.

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