Miré mi brazo.
La mancha seguía allí.
Héctor tragó saliva.
—Nunca dejamos de buscarla. Hace poco encontramos un registro antiguo de una niña ingresada en una casa hogar dos días después de su desaparición. El grupo sanguíneo coincide.
Su voz se quebró.
—Quiero pedirte una prueba de ADN.
Acepté.
Cinco días después, Sofía irrumpió en el consultorio con el resultado entre las manos.
Probabilidad de parentesco: 99.99%.
Héctor Alcázar era mi padre.
Mi madre, Elena, había pasado veinticinco años buscando a la niña que perdió.
Cuando la conocí, apenas pudo tocarme el rostro.
—Perdóname —susurró llorando—. Pensaba todos los días si habías comido, si alguien te cuidaba, si tenías miedo…
Por primera vez en mi vida dije una palabra que siempre me había parecido ajena:
—Mamá.
Aquella noche lloramos juntas.
Días después, Héctor me preguntó:
—¿Quieres recuperar a tu hijo?
No preguntó si era posible.
Preguntó si yo quería.
—Sí.
—Entonces vamos a traerlo de vuelta.
Su equipo legal encontró irregularidades en el convenio que firmé mientras estaba hospitalizada, registros del maltrato y pruebas de que Alejandro había dejado a Mateo constantemente al cuidado de terceros.
Pero encontraron algo mucho más grande.
Un proyecto turístico de Grupo Cárdenas en la costa de Nayarit estaba siendo investigado por posibles daños a manglares y permisos cuestionables.
Y una de las entidades que había financiado parte del proyecto pertenecía al grupo financiero de mi padre.
Alejandro había creído que yo no tenía a nadie.
No sabía que la mujer que mandó al hospital era la hija perdida de uno de los hombres con más poder económico de México.
Tres días después, sus abogados solicitaron una reunión urgente.
Entré a la sala de juntas de Grupo Cárdenas acompañada por mi abogado.
Renata estaba junto a Alejandro.
Él me miró como siempre: con superioridad.
Hasta que mi abogado colocó dos carpetas sobre la mesa.
Una contenía las pruebas para solicitar la custodia de Mateo.
La otra, los documentos del proyecto costero.
Alejandro abrió la segunda.
Y por primera vez desde que lo conocía vi miedo verdadero en sus ojos.
Entonces preguntó:
—Valeria… ¿de dónde sacaste esto?
Yo sonreí.
Porque todavía no sabía quién estaba detrás de mí.