A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

—¿Quién te dejó entrar?

—¿Vas a llevártelo fuera de México?

Alejandro se sirvió un whisky antes de contestar.

—Renata quiere vivir una temporada en Australia.

—Mateo tiene tres años.

—Precisamente. Se adaptará rápido.

—Es mi hijo.

—También es mío. Y tú firmaste.

Aquella frase terminó de despertar algo dentro de mí.

—Algún día vas a arrepentirte.

Alejandro soltó una risa seca.

—¿De qué? ¿Qué vas a hacer, Valeria?

Cuando llegué a la puerta añadió:

—Y no pierdas el tiempo buscando trabajo. Ya dejé claro entre varios socios que cualquiera que te contrate tendrá problemas con Grupo Cárdenas.

Me quedé inmóvil.

Sabía que había terminado una maestría durante nuestro matrimonio.

Sabía que quería volver al mundo empresarial.

Y había decidido destruirme incluso antes de que yo intentara levantarme.

Aquella noche dormí en casa de Sofía, mi mejor amiga de la universidad.

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