A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Sentí que el corazón se detenía.

Alejandro no solo quería quitarme a mi hijo.

Quería llevarlo tan lejos que jamás pudiera encontrarlo.

Y esa misma tarde, todavía con las costillas vendadas, abandoné el hospital sin imaginar que antes de recuperar a Mateo descubriría quién era yo realmente.

Lo que ocurrió después fue algo que ni Alejandro Cárdenas habría podido imaginar.

PARTE 2

Llegué a la casa de Las Lomas antes de las nueve de la noche.

El administrador palideció al verme.

—Señora Valeria… usted no debería estar aquí.

Entonces escuché un grito desde el segundo piso.

—¡Mamá!

Mateo bajó corriendo con su conejo de peluche entre los brazos.

Lo abracé tan fuerte que las heridas volvieron a dolerme.

—¿Dónde estabas, mami? Papá dijo que te habías ido.

A las nueve y media llegó Alejandro.

Cuando me vio con Mateo, su expresión se volvió de hielo.

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