A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Cuando le conté todo, me hizo una sola pregunta:

—¿Qué necesitas?

—Encontrar a mis padres biológicos.

Sofía se quedó callada.

Yo había crecido en una casa hogar de Puebla. Nunca conocí a mi familia. Pero por primera vez necesitaba saber de dónde venía.

No buscaba una familia rica.

Buscaba una respuesta.

Sofía contactó a una organización especializada en personas desaparecidas y registros antiguos.

Mientras tanto, acepté trabajar con ella en su pequeño consultorio psicológico.

Contestaba teléfonos, archivaba expedientes, preparaba café.

Después de haber vivido en una mansión, cobrar un sueldo modesto podría haberme parecido humillante.

No lo fue.

Humillante había sido pedir permiso para respirar dentro de mi propia casa.

Dos semanas después recibí una llamada.

—¿Hablo con Valeria Cruz?

—Sí.

—Soy secretario del señor Héctor Alcázar. Él desea verla personalmente.

Conocía ese apellido.

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