La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Qué tiene que ver con el baile?
—Pasó algo ese año. Tenías doce años. Dejaste de comer en el almuerzo.
Los brazos se me fueron bajando despacio.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque Nico me lo dijo. Venía todos los días a casa con una bolsa y me decía: “Hoy Cami no quiso comer”. Y yo me dediqué a mirar cuánto hacías tú por él, cuánto cuidabas a Nico, cuánto te hacías cargo. Me convencí de que eras tú la que lo sostenías.
Su boca tembló.
—Seguí midiendo su amistad por lo que Nico podría necesitar de ti. Jamás me detuve a medirla por lo que él te daba.
De repente vi esos años de otra manera. El helado después de mi examen de manejo. El dinosaurio tonto en su casillero. Los almuerzos en que no podía hablar. Un porche, cuando tenía el corazón roto. Nico nunca había necesitado que lo cargara. Simplemente habíamos seguido apareciéndonos el uno para el otro.