A los 6 años le prometí a mi mejor amigo que iríamos juntos al baile de graduación; 12 años después, mi mamá puso una condición

—Todavía no sé.

—Nadie se va a casar contigo.

Recuerdo el segundo exacto en que se le borró la sonrisa a Nico. Se miró las manos. Algo caliente me subió al pecho.

—Eso es feo, Ramiro.

—¿Y qué?

—Alguien va a querer a Nico.

—Entonces cásate tú con él.

Una ola de risitas cruzó el salón.

Más tarde, después de clases, Nico me miró muy serio.

—Cami… ¿tú me querrías?

Lo pensé un momento.

—Quizá te quiera.

—¿De verdad?

De pronto me di cuenta de que había entrado en un asunto muy serio.

—Quizá. Pero primero tenemos que ir al baile de graduación.

—¿Qué es eso?

—Un baile.

—Ya tenemos bailes.

—No. El baile de graduación es cuando ya casi somos grandes.

—Ah. —Extendió el meñique—. ¿Prometes?

Enganché mi dedo con el suyo.

—Prometo.

Yo lo olvidé antes de la cena. Nico no.

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