Marcus guardó silencio.
—Y no me arrepiento de haberte querido —continuó ella—. Pero querer a alguien no significa entregarle todas las decisiones.
No hubo discurso después.
No hacía falta.
El día de la mudanza, sus nietos bajaron algunas cajas.
La menor encontró una fotografía de Eleanor y Arthur frente a la antigua casa de cocina amarilla.
—Abuela, ¿extrañas ese lugar?
Eleanor miró la foto.
Durante mucho tiempo había pensado que extrañaba las paredes.
En realidad extrañaba la versión de sí misma que vivía ahí.
La mujer que elegía dónde poner un sillón.
La mujer que plantaba rosales sin preguntar si estorbaban.
La mujer que podía despertarse y preparar café sin sentir que estaba usando demasiado espacio de otra persona.
—Extraño algunas cosas —respondió.
Su nieta le entregó la foto.
—Entonces llévalas contigo.
Eleanor sonrió.