—Señora, ¿se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?
Elena intentó sonreír.
—Estoy bien, hija. Solo estoy descansando un poquito.
Pero Lucía vio las bolsas, sus zapatos gastados y la tristeza de sus ojos.
Se sentó a su lado.
—Mi abuela siempre decía que nadie debería sentirse solo cuando llega a viejo.
Aquellas palabras hicieron que Elena rompiera a llorar por primera vez.
Lucía la escuchó durante casi una hora. Después le ofreció comida y la ayudó a encontrar un alojamiento seguro mientras buscaban una solución.
Durante los días siguientes, la joven contactó con una organización que ayudaba a personas mayores. También consiguió asesoramiento para que Elena pudiera revisar sus derechos sobre el dinero que había entregado a su hijo.
Por primera vez en mucho tiempo, Elena volvió a sentirse importante.
Meses después, vivía en una pequeña residencia comunitaria, rodeada de personas que la trataban con respeto. Había comenzado a enseñar costura a otras mujeres y esperaba con ilusión las visitas de Lucía.