Pero esta vez no acompañaba a nadie.
Llevaba mi propia maleta.
Había conseguido reorganizar el negocio con ayuda de un nuevo equipo administrativo.
El proceso legal todavía tenía asuntos pendientes, pero mi vida había comenzado a estabilizarse.
Durante muchos años había pospuesto mis vacaciones porque siempre había algo más importante.
Un cliente.
Una deuda.
Un proyecto.
Una necesidad de Julián.
Esta vez había decidido viajar sola a Italia.
Quería conocer Roma, Florencia y las pequeñas ciudades que había visto en fotografías.
Mientras esperaba mi vuelo, observé a una pareja despidiéndose cerca de la puerta de embarque.
La mujer lloraba.
El hombre la abrazaba y le prometía que regresaría pronto.
Por un instante recordé mi propia despedida.
El abrazo de Julián.
La mujer que nos había dicho que parecíamos profundamente enamorados.