Abracé a mi esposo en el aeropuerto mientras se despedía para viajar a Londres por tres años. Él no sabía que yo había descubierto lo que escondía en su maleta.

Pero esta vez no acompañaba a nadie.

Llevaba mi propia maleta.

Había conseguido reorganizar el negocio con ayuda de un nuevo equipo administrativo.

El proceso legal todavía tenía asuntos pendientes, pero mi vida había comenzado a estabilizarse.

Durante muchos años había pospuesto mis vacaciones porque siempre había algo más importante.

Un cliente.

Una deuda.

Un proyecto.

Una necesidad de Julián.

Esta vez había decidido viajar sola a Italia.

Quería conocer Roma, Florencia y las pequeñas ciudades que había visto en fotografías.

Mientras esperaba mi vuelo, observé a una pareja despidiéndose cerca de la puerta de embarque.

La mujer lloraba.

El hombre la abrazaba y le prometía que regresaría pronto.

Por un instante recordé mi propia despedida.

El abrazo de Julián.

La mujer que nos había dicho que parecíamos profundamente enamorados.

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