Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Uno cerró los ojos después del primer bocado.

—Señora, esto debería venderse por receta.

Me reí.

Llevaba tanto tiempo sin escuchar risas alrededor de aquella mesa que el sonido casi me hizo llorar.

Me explicaron que pertenecían a un grupo de motociclistas que organizaba recorridos para reunir apoyos. Varios habían servido en el Ejército. Volvían de entregar cobijas cuando el camino se volvió intransitable.

—A veces ni nos dejan acercarnos a pedir ayuda —dijo Oso.

—Pues aquí ya entraron. Ahora terminen de comer.

Les hablé de Manuel. Había sido militar de joven y después pasó el resto de su vida cultivando aquella tierra.

Uno levantó su taza.

—Por don Manuel.

Los seis lo imitaron.

Tuve que mirar hacia la estufa para que no vieran mi cara.

Les ofrecí la sala para dormir.

—Y no me muevan el piano.

Era lo único que todavía no soportaba escuchar desde que Manuel faltaba.

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