Después entendió que hacerlo sería otra forma de decidir por ella.
Cuando Lucía regresó de su último vuelo nacional, encontró la mesa iluminada con 2 velas y una tortilla de patatas ligeramente quemada. No había músicos, joyas ni flores importadas. Álvaro estaba en la cocina, con la camisa remangada y una expresión que ella jamás le había visto: vergüenza.
—¿Dónde está Martina? —preguntó.
—Le di la tarde libre. Esto lo estropeé yo solo.
Lucía dejó la maleta junto a la puerta.
—No tengo hambre.
—No voy a pedirte que te quedes. Solo quiero contarte la verdad.
Le mostró la nota de Pilar, los registros informáticos y la recomendación falsa. Lucía leyó todo sin alterar el gesto.
—Puedo hacer que cancelen el traslado —dijo él—. Pero no lo haré si tú no lo pides.
—No lo pido.
La respuesta le dolió, aunque asintió.