Álvaro se quedó pálido.
No había pensado en eso. Los adultos podían disfrazar la crueldad de “carácter” o “problemas entre mayores”. Los niños no: para ellos, que su abuela negara comida significaba que no eran bienvenidos.
Álvaro pidió hablar con Carmen.
Esta vez Lucía no fue.
Él llegó solo al chalet y puso una condición sencilla:
—Hasta que puedas disculparte con Mateo y Alba sin justificarte, no vendrán.
Carmen explotó.
—¿Me vas a quitar a mis nietos?
—No. Tus palabras tuvieron consecuencias.
—Fue una frase.
—Para ti. Para Alba fue una pregunta que todavía hace antes de ir a casa de alguien: “¿Habrá comida para mí?”
El silencio fue largo.
Carmen miró la mesa del comedor, la misma donde todo había ocurrido.
Por primera vez, la escena dejó de parecerle una pelea entre suegra y nuera.
Vio a una niña de 5 años mirando comida que le habían dicho que no podía tocar.