Al llegar con mis hijos a casa de mi suegra, vi la mesa llena y a la mujer que ella siempre quiso para mi marido sentada con una copa. Entonces escuché: “Para ella y esos niños no tengo ni un trozo de pan.” No discutí; cogí a mis hijos y me fui. Horas después, un mensaje en el móvil de mi marido reveló que aquella humillación llevaba meses preparándose.

2 días después, Carmen llamó a Lucía.

—Quiero hablar con los niños.

—Primero conmigo.

Hubo una pausa.

—De acuerdo.

Se encontraron en una cafetería del barrio. Carmen llegó con el bolso rígidamente sujeto sobre las rodillas, como si incluso pedir perdón necesitara protocolo.

—No voy a decir que me porté bien —empezó—. Pero tú también sabes provocarme.

Lucía se levantó.

—Entonces no estás preparada.

—Espera.

Carmen apretó la mandíbula.

—No sé pedir perdón.

—Se aprende.

Aquella frase la dejó sin defensa.

Carmen bajó la mirada.

—Lo de la comida fue cruel.

Lucía volvió a sentarse.

—Sí.

—Y meter a Nuria en medio también.

—Sí.

—Pensaba que tú habías frenado a Álvaro. Que antes tenía más ambición.

Lucía respiró hondo.

—Álvaro tenía 28 años cuando nos casamos. Si dejó de perseguir algo que quería, era responsabilidad suya. Yo no soy la explicación de todas las decisiones de su hijo.

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